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La vida es como una caja de bombones. Si la pones al sol, se derrite. Es por eso que este año cambié el lugar de las vacaciones. En vez de ir a la playa, como venía siendo habitual año tras año, fui a la montaña. A un lado dejé la arena y el sol. Pero no el agua. Y es que de 5 días que estuve, tres sufrí unas lluvias torrenciales. Aunque si la compañia es buena, a mal tiempo buena cara.
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